<span style='font-size:21pt;line-height:100%'>El deporte de discriminar</span>



Como muy pocas actividades, el deporte refleja las contradicciones de países y sociedades, acá y en todo el mundo. Nos muestra en las reacciones más viscerales y primarias. En el atavismo de las muchedumbres o en el folclore hiriente de las tribunas. También, en los disparates dirigenciales o en el endiosamiento de algunos deportistas. Entre nosotros, un psicoanalista los definiría como actos de transferencia y proyección que el deporte ofrece a diario como muestras gratis del temperamento social de los argentinos.



Vamos los dos últimos saldos que ofrece desde su vidriera, ocurridos en los últimos días. El sábado, en San Salvador de Jujuy, Raúl Ulloa, presidente vitalicio de Gimnasia de esa ciudad, encaró enfurecido al árbitro Saúl Laverni porque presuntamente éste definió a los jugadores del club como "bolivianos". El gentilicio quiso ser un insulto. Así lo habría dicho uno y así lo consideró el otro.



En caliente, Ulloa renunció a su puesto hasta que "el fútbol argentino expulse a Laverni". Anoche estuvo de confidencias con Grondona y la orden que llegó fue la de poner paños fríos, conforme al "todo pasa", máxima consigna del jefe afista. Ulloa no pudo encontrar mejor hombro para llorar su exabrupto. Alguna vez, Grondona fue obligado a retractarse cuando agravió a la comunidad judía al insinuar que sus integrantes no son muy afectos a la disciplina del trabajo.



Mientras el INADI dice que actuará de oficio, ¿puede atribuirse el caso a una patología del fútbol? Para nada. La comunidad boliviana en la Argentina, la mayor de la diáspora de ese país en todo el mundo, vive en Buenos Aires aislada en guetos, en la villa del Bajo Flores y también en un enclave en tres manzanas del barrio de Liniers, en los alrededores de la estación. Días pasados, en el correo de un diario nacional, una lectora denunció que en un colectivo trabado en el tráfico del Centro por la manifestación de un grupo de ciudadanos de ese país en respaldo al presidente Evo Morales, un pasajero urgió al chofer: "Arrancá y pasalos por arriba, matalos a todos de una buena vez".



Sin embargo, el fútbol tampoco es inocente. En 2002, el entonces presidente de River Alfredo Dávicce fue llevado a la Justicia por conceptos agraviantes hacia las comunidades boliviana y peruana, a las que identificó como "hinchas de Boca" en forma despectiva. Le iniciaron una denuncia penal por abierta violación de la Ley 23.592, que penaliza los actos de discriminación. La causa N° 5807/02 fue radicada en el Juzgado en lo Criminal y Correccional Federal N° 3, Secretaría 6, a cargo del juez Rodolfo Canicoba Corral. El magistrado desestimó la denuncia porque consideró que no había delito. Como vemos, Laverni y Ulloa no mostraron sino un compartimiento tan estándar de los argentinos que hasta un juez, por añadidura, lo asumió como propio.



El otro caso se relaciona con el desempeño de la delegación argentina en los Juegos Paralímpicos de Beijing, donde el país entró en el puesto número 58, muy lejos del podio triunfante (China, Gran Bretaña y Estados Unidos), con un total de seis medallas, una de plata, a través de Sebastián Baldassarri, lanzamiento de disco; y cinco de bronce, con Los Murciélagos en fútbol para ciegos; Jorge Lencina y Fabián Ramírez, en judo; Mariela Almada, en disco y Guillermo Marro, en natación.



Las crónicas deportivas los exhibieron por días como ejemplos de tenacidad y de una épica de la superación y el esfuerzo. Curiosa isla del reconocimiento que no refleja el mismo tesón a la hora de favorecer la integración prevista en leyes que nadie cumple ni respeta, como es fácil constatar. Autos que estacionan en lugares para discapacitados, pasajes sin cargo que las empresas de transporte no facilitan o escamotean a las personas con discapacidad y hasta el cupo del empleo público para ellas que nunca se acata plenamente en ninguno de los distintos niveles del Estado (provincial, municipal, nacional). Un país que no tiene en cuenta la discapacidad, pero alaba a sus deportistas discapacitados.



Lo justo es justo. El deporte por sí mismo no discrimina ni traba la integración de aquellos a quienes se considera "diferentes". Ni los señala con el dedo por su nacionalidad. Es el país el que hace una cosa y la otra. El deporte, esa muestra gratis de glorias y miserias colectivas, sólo pone sus reflectores en ellos y los muestra. En verdad nos muestra a todos. Al desnudo. Tal como somos.



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